sábado, 28 de julio de 2012

El Camino de las Estrellas



En una noche despejada, en un lugar convenientemente apartado de la contaminación lúminica de nuestras ciudades, es más que probable que nuestros ojos asistan al espectáculo sobrecogedor del firmamento en todo su esplendor. Nos será fácil observar una franja blanquecina de aspecto nuboso que cruza el cielo de este a oeste: es la Vía Láctea o Camino de Santiago. Lo que estamos contemplando es, en realidad, un plano de nuestra galaxia y su aspecto lechoso (de donde deriva su nombre) se debe a la gran concentración de estrellas que en ella podemos encontrar. Unos buenos prismáticos  bastarán para mostrarnos rincones, sobrecogedores por su belleza, de la galaxia a la que pertenecemos. En nuestra cultura la Vía Láctea está ligada al Camino de Santiago por ello es normal nombrarla de cualquiera de las dos formas y por esta misma razón al Camino de Santiago se le conoce también como Camino de las Estrellas.

Recoge el Codex Calixtinus entre sus páginas la leyenda que vincula la Vía Láctea al Camino de Santiago, nos cuenta que Carlomagno contemplaba todas las noches el camino de estrellas que recorría parte de Europa para acabar en Galicia y se preguntaba que significaría aquello. Una noche, en sueños, se le apareció el Apóstol Santiago para comunicarle que debía seguir ese camino de estrellas con un gran ejercito para liberar su camino y su sarcófago de las gentes paganas que allí habitaban y así podrían llegar peregrinos de todo el mundo para visitar su tumba y redimir sus pecados. Y según parece así lo hizo Carlomagno, que guiado por aquél camino estelar pudo encontrar el lugar donde permanecía enterrado el apóstol (1).

Es una bonita leyenda pero le falla un pequeño detalle, en el año en el que se descubrió la tumba de Santiago (814 según algunos autores ó 834 según otros)  Carlomagno  ya estaba en la suya propia.  En el Camino la historia y la leyenda se hacen una y es complicado saber a ciencia cierta donde acaba una y comienza la otra. Nos cuenta la historia que hacía el año 814 ó 834 un ermitaño llamado Pelagio (Pelayo), contempló en un bosque cercano un gran resplandor y se lo comunicó al obispo de Iria Flavia que se llamaba Teodomiro quién se dirigió hacía el lugar y descubrió los restos de Santiago. Era en aquella época rey de Asturias Alfonso II el Casto, a quién le corresponde el honor de haber sido el primer peregrino del Camino,  ordenó construir en el lugar del hallazgo una basílica, origen de la actual Catedral de Santiago de Compostela.



Compostela, así fue como se llamó al lugar donde se halló la tumba del Apóstol. Unos dicen que proviene de "campus stellae" y  significaría "campo de estrellas", en honor a las extrañas luces que indicaron el lugar donde se hallaba la sepultura. Para otros, deriva de la palabra "compositum" que quiere decir cementerio. Pero lo más probable es que provenga de " Compostella, id est bene composita" (Compostella, esto es bien construida)  (2).

Lo que si sabemos con certeza es que Compostela era un gran nudo de comunicaciones desde donde partían la mayoría de vías que recorrían la antigua Gallaecia lo que la convertían en el lugar ideal para la construcción del Templo y sede de la capital de Galicia. Por otra parte el Camino de Santiago tampoco era del todo desconocido, todo lo contrario, mucho antes del descubrimiento de la tumba de Santiago ya era recorrido por peregrinos, era una ruta iniciática que se dirigía a Finisterre, al Mar de los Muertos, del que nadie volvía. El lugar más occidental del mundo conocido donde todas las noches moría el Sol y que los peregrinos contemplaban al grito de: ¡Ultreya! que significa "más  allá".

Hasta la autenticidad de los huesos del Apóstol son un misterio, hay quien las atribuye a Prisciliano, otros como Lutero  afirmaban que ni tan siquiera eran humanos, lo cierto es que los restos nunca han sido estudiados. Los últimos estudios arqueológicos aseguran haber encontrado una inscripción del siglo I con el nombre hebreo de "Jacob" (equivalente a  Santiago) en el sepulcro del Apóstol en Compostela, lo cual interpretan como signo del paso inequívoco de este por la península Ibérica y de su posterior enterramiento en Galicia (3) . Y es que hasta la presencia del Apóstol por nuestras tierras es dudosa para muchos.

El Camino de las Estrellas nació de la necesidad que tenía la cristiandad de consolidarse, de buscar nuevas rutas para los peregrinos alternativas a Jerusalén o Roma. En el ámbito político supuso para Alfonso II la aglutinación de sus territorios bajo un mismo reino, en una época en la que la secesión constituía un gran peligro para la corona astur,  un patrón idóneo para sus fines, es decir, un caballero cristiano matamoros y una ciudad fiel a su causa: Compostela.


La peregrinación a Santiago de Compostela pronto comenzó a movilizar a miles de cristianos que acudían a visitar el lugar donde se hallaban los restos del Apóstol. Europa comenzó a moverse a través del Camino de Santiago y con ella la cultura que comenzó a dejar su huella a lo largo de todo el camino, convirtiendo a este en un auténtico museo de más de 800 kilómetros de longitud, como dijo Goethe: "Europa nació de la peregrinación".

Y la peregrinación sigue viva, los peregrinos llegan de todas partes del mundo a la Catedral de Santiago a  visitar la tumba del Apóstol, ya sea por el Camino francés o por otros muchos de los caminos que llevan hasta Santiago y todos acaban con el mismo anhelo: volver a realizar el camino. Porque aunque la Vía Láctea no coincida siempre con el Camino de Santiago, aunque haya dudas sobre quien está verdaderamente enterrado en la tumba, aunque mucho de lo que se cuenta corresponda más a la leyenda que a la historia, hay algo que está por encima de todo esto y es el camino en sí. Un camino que muchas veces constituye un camino hacía ti mismo y del que vuelves renovado. ¿Un camino iniciático? Creo que no hay ninguna duda.



Fuentes:

http://cvc.cervantes.es/artes/camino_santiago/prologo.htm
(1) http://www.sewanee.edu/Spanish/santiago/turpin.html
(2) http://es.wikipedia.org/wiki/Santiago_de_Compostela
(3) http://es.wikipedia.org/wiki/Santiago_el_Mayor



viernes, 20 de julio de 2012

Cuestión de mala suerte



Edmond Halley (1656-1742), conocido sin lugar a duda, por todos, por el famoso cometa que lleva su nombre, postuló en su "Philosophical Transactions" que si se media el tránsito de Venus por el Sol desde puntos determinados de la Tierra, esas mediciones se podían usar para calcular mediante los principios de la triangulación la distancia de la Tierra al Sol, así como la de todos los demás cuerpos del sistema solar.




La idea caló entre la comunidad científica de la época, ávidos como estaban de obtener mediciones de todo lo que nos rodeaba, incluido nuestro amado planeta Tierra. Así que cuando se produjo el siguiente tránsito de Venus por el Sol en 1791 los científicos se movilizaron hacía distintos rincones de nuestro planeta: Siberia, China, Indonesia, entre otros. La ocasión era única pues el tránsito de Venus por el Sol tiene la particularidad que ocurre  de una forma bastante irregular. Se produce en parejas con ocho años de separación para después pasar a no volver a repetirse hasta un siglo después o más, por ejemplo, en el siglo XX, no se produjo ninguno. Os sonará este acontecimiento astronómico porque hace poco que lo hemos podido observar.



Uno de los científicos que se unió a aquella expedición fue Guillaume Le Gentil, joven astrónomo perteneciente a la Real Academia de Francia. Dado lo complicado que podía ser un viaje de aquella envergadura (piratas, enfermedades, guerras...) partió de Francia quince meses antes de que se produjese el tránsito con el fin de obsérvalo desde Pondichére,en la India, que por aquel tiempo era posesión francesa. Estando a punto de tomar tierra en la India, el barco en el que viajaba se vio obligado a  dar media vuelta y dirigirse hacía la isla de Mauritius pues la Pondichére había caído en manos inglesas durante las guerras del colonialismo en Asia, con tal fortuna, que  cuando ocurrió el tránsito todavía se hallaba en el mar, lugar muy complicado para obtener ninguna medición fiable ya que un barco no cesa de balancearse.



Esto no le desanimó, en absoluto, decidió esperar allí hasta que se produjese el segundo tránsito en 1769. Permaneció en Madagascar hasta que en 1768 se dirigió hacía Filipinas con el fin de observarlo y como tenía tiempo de sobra se preparó a conciencia para ello.

La mañana del 3 de junio de 1769, día del segundo tránsito de Venus por el Sol, Le Gentil comprobó que hacía un día realmente espléndido pero justo cuando Venus comenzaba su tránsito apareció una nube que permaneció delante del Sol las tres horas, catorce minutos y siete segundos que duró el fenómeno.

A Le Gentil no le quedó más remedio que empaquetar de nuevo todo y emprender viaje de regreso hacía Francia sin una mínima anotación sobre el fenómeno. Pero su mala suerte no había terminado aún, contrajo disentería y estuvo enfermo casi un año. Cuando finalmente se recuperó, todavía débil, embarcó hacía su hogar. En el viaje de vuelta, junto a la costa africana, casi sufre un naufragio debido a un fuerte huracán. Por fin llegó a Francia, once años y medio después de su partida, para llevarse la agradable sorpresa de que debido a la falta de noticias se le había declarado difunto, su puesto en la Academia francesa había sido ocupado, sus bienes se habían repartido entre sus herederos, que no habían encontrado mejor manera de homenajearle que malgastando alegremente su fortuna y su mujer, declarada viuda, se había casado de nuevo.

Decididamente, un tipo con mala suerte.

Fuentes:
"Una breve historia de casi todo". Bill Byrson. 2003
Titulo original: A Short Story of Nealy Everthing
Traduccíon: Jose Manuel Álvarez Flórez
Editado en España en 2004 por RBA Libros, S.A.

También en:
http://www.xn--asociacionastronomicadeespaa-oyc.es/transito-de-venus-2012.html



viernes, 29 de junio de 2012

La casa de mi abuela


Era pequeña, alargada y acogedora. Cuando llegabas a ella te recibía una estrecha puerta y una empinada escalera que franqueaban la entrada de aquella casa cuidada con mimo, con sus altos techos, envuelta en  un sinfín de aromas agradables y que, a pesar de que siempre permanecía en semipenumbra, era sumamente cálida, aquella mezcla la convertían, para mis ojos de niña, en algo mágico. Entrabas y a la izquierda había un pequeño pasillo que conducía a una  habitación y a un pequeño balcón con dos hojas de madera que habían sido pintadas mil veces en un marrón oscuro, tenias que soltear una pequeña mesa de camilla con dos sillas  para poder acceder a aquél balcón  combado por el paso del tiempo y desafiando a pesar de su aparente fragilidad a las leyes de la gravedad, tenía una persiana de madera que descansaba sobre la vieja barandilla y macetas de todas clases. A mi abuela le gustaba sentarse a coser en él, en las calurosas tardes de verano, la recuerdo sentada en su silla de anea,  rodeada de macetas de alábega, en aquel rincón que en verano se convertía en el más fresco de toda la casa. 

Justo a continuación del balcón y frente a la mesa de camilla, estaba la vieja máquina de coser Singer.  Sobre ella  había un retrato de mi bisabuela, una foto de principios del siglo pasado, que fue posteriormente coloreada. De pequeña sentía mucha curiosidad por aquella fotografía, me sentaba en la mecedora que había junto a la máquina de coser y miraba el retrato de aquella mujer que me era totalmente extraña y que sin embargo era una de las culpables de que yo estuviese allí en ese momento, observándola en actitud interrogante. 

Cerrando el pequeño rincón que daba cabida a la mecedora y a la máquina de coser había un armario empotrado que se había hecho aprovechando el hueco de la escalera. Era mi lugar preferido, abría la puerta y me ponía a escudriñar todo lo que allí había, siempre que no me viese nadíe porque, por supuesto, estaba prohibido registrar. Recuerdo las cajas distintas ordenadas una sobre otras que contenian botones, zapatos, hebillas...Los viejos libros apilados en un rincón, los lapiceros llenos de lápices de colores, gomas, sacapuntas. Más arriba aquellos vestidos ya pasados de moda que enfundados en sus bolsas de plástico colgaban ordenadamente y  tras los vestidos, a duras penas podías vislumbrar todo un mundo oculto lleno de objetos desconocidos y totalmente inaccesible, apenas lograbas adivinar algunos libros y cajas de todas formas y colores. Lo que guardaban en su interior era un misterio, preguntabas y las respuestas eran vagas: "cosas, trastos, libros". Esto hacía que mi imaginación de niña se disparase y en vez de cosas, trastos o libros esperase encontrar, algún objeto novedoso, algo espectacular o tal vez las pruebas de algún oscuro secreto familiar, por algo se habían tomado la molestia de colocarlo allá arriba, en el lugar más inalcanzable y oculto tras una frontera de vestidos enfundados en plásticos, (yo siempre he sido muy peliculera).Y en aquellas largas siestas en las que la casa se quedaba en penumbra y todo el mundo se retiraba a descansar, volvía una y otra vez sobre aquél armario, intentado descubrir que era lo que se escondía tras aquella frontera de vestidos, colocada tan estratégicamente, o la manera de poder acceder a aquel mundo desconocido sin que la montaña de cajas que había delante de los vestidos me delatase. Aún hoy sigo sin saber que había allí arriba, nunca conseguí saberlo, pero conservo en mi memoria la fragancia tan peculiar que desprendía el interior de aquel armario, una mezcla de todos los objetos apilados en él, las vacías cajas de bombones, de perfume, de jabón, la naftalina...



Si ibas hacía la derecha, el pasillo se ensanchaba un poco y en aquel pequeño espacio cabía un sofá, dos sillones una pequeña mesa de comedor y un mueble cuya función principal era contener la tele, pero además tenía todos los pequeños objetos decorativos que un mueble era capaz de albergar. No sabías como todo eso entraba en tan reducido espacio, pero ahí estaba. Este pasillo-comedor acababa en tres escalones que eran la entrada a la cocina. Era una cocina antigua de las que tenía como salida de humos una chimenea de obra y que tenía otros de mis rincones favoritos, la escalera que subía a la terraza. Pegada a las ventanas de la cocina había una pequeña escalera de madera, sin barandilla, con el lateral pintado de azul y lo escalones desgastados por el constante subir y bajar de todos. Me gustaba sentarme allí a mirar por la ventana, veías los patios de los otros vecinos, la distribución imposible de aquellas casas que comunicaban terrazas y patios, todo junto y separado a la vez. Te decían que era porque antes todas estas casas habían pertenecido a una única más grande y que posteriormente la dividieron en viviendas más pequeñas. Esta extraña mezcla hacía que no solo compartieses muro con tu vecino sino también intimidades que sobrellevadas a lo largo de tanto tiempo había transformado la vecindad en otra relación distinta. Recuerdo las vecinas de abajo, dos hermanas solteras que vivían juntas y siempre vestian de negro, tenían palabras cariñosas cuando te asomabas a su patio, el patio de enfrente lleno de trastos y abandonado, más allá,  en la terraza contigua a esta última, vivía Elvirita, que aunque, su terraza no estaba junto a la de mi abuela, sin embargo, por este entrelazado un poco caótico que tenían las casas hacía que su pasillo lindase con el comedor de mi abuela, a veces nos comunicábamos mediante golpecitos en la pared, me divertía ese juego de los golpecitos.

Cuando eramos más pequeños, por lo empinado de la escalera, porque estaban junto a la ventana o porque la terraza también tenía unos cuantos peligros teníamos prohibido subir a ella. Así que nos sentábamos en la escalera, disimulando que mirábamos por la ventana y poco a poco, íbamos subiendo, peldaño a peldaño, sentados  hasta que llegase el momento oportuno de poder subir arriba. El mundo de la terraza era sumamente atrayente, sobre todo si eres niño y todo está por descubrir. El tejado de la casa descansaba sobre el suelo de esta, por lo que podías, pasear tranquilamente por él, aunque yo nunca me atreví a subir nada más que un poco, el miedo a las alturas creo que me ha acompañado desde siempre. Sin embargo, recuerdo las tardes de lectura sentada en aquél viejo tejado. Una pila, una fresquera verde que ahora servía para guardar diversos objetos y un viejo gallinero de alambre donde se amontonaban más objetos todavía, componían todos los enseres de la terraza. 

La otra noche soñé con la casa de mi abuela, me levanté con la impresión de haberla estado recorriendo de nuevo, de haber sentido sus olores, su calidez, de haber visitado de nuevo sus numerosos rincones. Recordé entonces que en el lugar donde estaba, ahora no había más que un solar, un vacío solar que no tenía ni aromas, ni rincones, nada. Y lloré, lloré porque ese vacío se apoderó de mi, lloré por lo que fue y sé que nunca volverá. Recordé, entonces, que esa mañana era el santo de mi abuela, mi abuela se llamaba Juana y puede que en esa noche mágica de San Juan, en la que todo es posible, ella me abriese de nuevo las puertas de su casa.  Porque quizá haya un lugar donde todavía exista la casa de mi abuela, aunque ese lugar solo sea mi memoria o mis sueños.

sábado, 23 de junio de 2012

Leyenda de la Tragantía



Desde los albores de la humanidad, la noche de San Juan es venerada como una noche especial. No se trata solo de la celebración del solsticio de verano, no es solo la noche en la que el Sol comienza su lento declinar para dejar paso a noches más largas o en la que se celebra la pronta recogida de los frutos que la tierra nos dará, la fertilidad en su expresión máxima. La noche de San Juan ha sido investida por el imaginario popular con un halo de misterio, donde las supersticiones, los conjuros, los augurios y los ritos se adueñan de ella y la convierten en mágica. Es difícil permanecer indiferente al poder cósmico de esta noche, por ello quiero aportar mi granito de arena, una leyenda sobre la noche de San Juan y sobre un lugar también singular: el castillo de la Yedra en Cazorla, paraje mágico donde los haya, por muchos motivos.



Cuenta la leyenda que en el castillo de la Yedra de Cazorla, vivía un rey moro que tenía una joven y hermosa  hija. Por aquel tiempo las tropas cristianas avanzaban inexorablemente devastando la campiña, en dirección a Cazorla, sin que nada ni nadie pudiera impedirles el paso. Una tarde, cuando el sol se ponía en el horizonte, llegó un espía con la mala noticia de que un ejército numeroso y bien equipado se encontraba a una jornada, y de que no podrían resistir al primer ataque. 

- Nos llevaremos todo lo que podamos -dijo el rey moro-  y volveremos cuando se hayan marchado. Dejaremos aquí a mi hija, por si nos persiguen y nos alcanzan en campo abierto, pues no quiero correr el riesgo de que la ultrajen, ni que sea una esclava el resto de su vida.

El rey moro hizo llamar a su hija y le dijo:

- Hija mía, te quedarás aquí escondida en el sótano secreto; estarás segura. Nosotros volveremos en cuanto ellos se marchen.

A la mañana del día siguiente, en lo más profundo del castillo, en una pequeña habitación subterránea secreta, dejó a su hija, con suficientes víveres para varias semanas, cerrando la entrada con una gran losa disimulada entre el pavimento. El rey moro  y los cuatro soldados que le ayudaron a poner la losa fueron los últimos en abandonar el castillo, presintiendo la inminente llegada del enemigo.

Al poco tiempo, una lluvia letal de flechas sorprendió a los jinetes. Los cinco murieron y con ellos el secreto del castillo de la Yedra.

Las huestes cristianas llegaron a Cazorla y a su deshabitado castillo, reforzaron las defensas y ya no se marcharían jamás de esta tierra de ensueño. Transcurrieron los días, las semanas y los meses y los víveres se acabaron en el refugio. La incapacidad de moverse en aquel reducido espacio y la viscosidad de las húmedas paredes propiciaron que las extremidades inferiores de la princesa se fueran uniendo y adquiriendo forma alargada y redondeada, con escamas como los reptiles. Mientras se producía la metamorfosis se escuchaban terroríficos lamentos que atemorizaban a los nuevos moradores del castillo y a todos los habitantes de Cazorla, rasgando el silencio de las noches.

Desde entonces, en la noche de San Juan, los niños de Cazorla se apresuran a ir a la cama y estar dormidos antes de que el reloj toque las doce campanadas de la media noche, para que no se cumpla la letra de la fatídica canción que todos conocen y que dice así:

Yo soy la Tragantía,
hija del rey moro;
el que me oiga cantar,
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan.



Fuentes:




miércoles, 13 de junio de 2012

"Los fantásticos libros voladores de Mr. Morris Lessmore"



Es la primera vez que subo un vídeo como una entrada en sí, bueno, ya sabéis que tiene que haber una primera vez  para todo, además el vídeo en cuestión se merece una entrada para él sólito. Lo he visto y he dicho, esto merece la pena compartirlo y a ello voy. Es una historia entrañable y que me ha emocionado de veras. Es un corto que dura apenas 15 minutos, pero deja un regustillo estupendo. Quizá ya lo conozcáis, porque ganó el Oscar al mejor corto de animación en la pasada edición de los premios. Es obra de  William  Joice que habitualmente trabaja con Pixar y está dedicado al mundo de los libros, nos narra de una forma muy especial lo que los libros aportan a nuestra vida y cuanto nos necesitamos mutuamente. Pero también es un delicioso corto que recuerda a las películas mudas, vais a encontrar en su protagonista un gran parecido con Buster Keaton, el personaje es un homenaje a él y también encontrareis alguna reminiscencia en el corto con "El mago de Oz". En fin, basta de palabrerio, y comenzar a verlo porque os aseguro que os gustará.





Más información:
http://morrislessmore.com/