lunes, 28 de octubre de 2013

Antojos


La quimio me hace recordar, en determinados momentos, la época en la que estaba embarazada. Después de unas nauseas terribles te asaltan los antojos más variopintos. Hay ocasiones en las que ni esperan a que acaben las nauseas y se superponen sobre estas. El ranking de popularidad, el top ten de los antojos en el miniuniverso quimio lo lideran los berberechos, mejillones, almejas, etc... Siendo el más de lo más el bocata de mejillones. Yo, en particular, tengo la casa llena de latas de berberechos para abrirlas en cualquier momento.

Un antojo no es aquello de: "me apetece..." o "ahora me comería..." Un antojo es mucho más fuerte, es algo parecido a: "mataría por comerme ahora mismo..." Tu cuerpo quiere que le proporciones en ese preciso momento y sin mayor dilación un alimento determinado, por ejemplo: acelgas (que tu, por otra parte, odias) y, como es muy listo, sabe muy bien como manipularte para conseguirlo y para ello elabora una campaña de marketing sin precedentes. Comienza por poner en tu cerebro la imagen del alimento en cuestión, como si un fondo de pantalla fijo se tratase, de manera que por mucho que quieras pensar en otra cosa es imposible, solo existe un único pensamiento y es...¡acelgas! A la vez que se cocinan en tu mente, poco a poco, un trillón de recetas con acelgas que ni tu misma eras consciente de que conocías (¡si yo odiaba las acelgas!). Y no solo eso, sino que además te parecen todas y cada una de ellas absolutamente deliciosas, tanto, que salivas copiosamente solo con pensar en ellas. Tu cerebro acaba de convertir una simple acelga fea, insípida y chuchurria en el más exquisito de los manjares y, lo peor es que sabes que no habrá paz en ti hasta que no te la comas. 


El primer contacto que tuve con los antojos, que recuerde, fue en el embarazo de mi hijo mayor. Me asaltaban unas ganas horrorosas de comer morcilla. Me gustan las morcillas pero no tanto como para soñar con ellas, ni tan siquiera es un alimento habitual en mi dieta. Las ansías por comer morcillas desaparecieron cuando en la primera analítica me diagnosticaron anemia y me pusieron un tratamiento. 


Con mi segunda hija los antojos aparecieron incluso antes de saber que estaba embarazada. Odio las espinacas, de siempre, sin embargo, un buen día, sin saber porqué tenía una necesidad increíble de tomarlas. Aprendí mil formas de cocinarlas (la tortilla de espinacas con anchoas, está muy buena). Afortunadamente, antes de que mi familia feneciese bajo una sobredosis espinaquil descubrí que estaba embarazada. Me recetaron ácido fólico, volví a odiar las espinacas, mi familia me hizo jurar y perjurar que no volvería a entrar una espinaca en casa y todos felices, y comimos perdices (obviamente, más espinacas, no). Flipé entonces con lo listo que es nuestro cuerpo y lo bien que nos cuida, mientras que yo se lo pagaba atiborrándolo de porquerías varías.

Decidí tomarme mucho más en serio lo de cuidar mi cuerpo y saber de lo que me alimentaba. Por eso, cuando en la primera entrevista con el oncólogo me dijo: "come de todo, procura que sea sano, pero sobre todo cosas que te apetezcan", sabía a lo que se refería, es decir, hazle caso a tu cuerpo por que él sabe lo que necesita. Con lo que no estuve para nada de acuerdo fue con lo que añadió después: "...y sobre todo nada de suplementos alimenticios". Comprendí perfectamente lo que me quería decir con ese "eufemismo", por ello le comenté que en una revista que nos habían dado en la Unidad de Mama nos recomendaban consumir semillas de lino por su gran contenido en omega 3. Le mostré la revista que iba firmada por médicos de ese mismo hospital (es decir, colegas suyos que seguro conocía) le echó un vistazo y añadió: "...bueno, si está demostrado científicamente, en ese caso, sí".



Este verano he leído dos libros escritos por médicos. Uno de ellos, "Mis recetas anticáncer", está escrito por Odile Fernández, una médico de cabecera que superó un cáncer de ovario con un pronostico bastante pesimista. No se conformó con las soluciones que le ofrecían sus oncólogos por lo que decidió investigar por su cuenta. El libro es el resultado de su investigación.

El autor del otro libro, "La enzima prodigiosa", es un conocido cirujano especialista en colon, Hiromi Shinya. Nos habla desde su experiencia en los años que lleva ejerciendo su profesión y nos propone una dieta capaz de luchar contra distintas enfermedades que ha obtenido excelentes resultados en sus pacientes.

A pesar de que son libros distintos les une una misma idea: nuestro cuerpo es capaz de curarse a sí mismo y la clave para conseguirlo está en la alimentación. Nos enseñan un modo distinto de alimentarnos, otros hábitos para que los adaptemos a nuestro modo de vida y nos ayuden a mantener la enfermedad alejada de nosotros o a luchar contra ella. Lo que nos ofrecen no es sorprendente, ni nuevo, lo hemos oído más de una vez, ambos coinciden en: una alimentación saludable basada en muchas verduras y frutas, poca carne, alimentos cuanto menos elaborados mejor, alejar aquellos alimentos que nos perjudican, mucha actividad física y una buena armonía interior.

Aunque también nos hablan de aquellos "suplementos alimenticios" (como los llama mi oncólogo) que nos ayudan, en especial, en la lucha contra el cáncer (por ejemplo, la cúrcuma, que Odile Fernández presenta como un potente anticancerígeno). Explican las cualidades de muchos alimentos y productos naturales que pueden ayudar a prevenir la enfermedad, o en caso de tenerla a hacer más llevadero el tratamiento.





Me ha gustado la lectura de ambos libros, pero sobre todo el de la Dra. Odile Fernández, en el que te explica que es el cáncer, como se forma en nosotros y como podemos prevenirlo y curarlo. Odile no nos dice que abandonemos la terapia tradicional, no nos pide que no nos sometamos a la quimio, la radio o la cirugía. Solo nos muestra un camino alternativo, un camino con una base científica que funciona y la prueba es ella misma y su nueva maternidad.

No soy ninguna "hierbas", pero desde el momento que decidí cuidar más mi alimentación me acerqué bastante al mundo de los productos naturales. Creo que hay una medida para todo y un lugar para cada cosa. Por eso me sorprende bastante aquellos que de entrada rechazan este mundo sin saber las soluciones que nos puede aportar o, al contrario, aquellos que ponen en peligro su salud por la absurda idea de que lo natural es mejor porque no tiene efectos secundarios (cosa totalmente falsa). Pienso que tanto el mundo de la medicina natural, como el de la medicina convencional se pueden unir, complementarse para aportar los máximos beneficios a nuestra salud. Rechazar uno u otro de entrada, sin más, me parece bastante obtuso, por eso es de agradecer que cada vez más médicos "convencionales" confíen en la medicina natural como alternativa o complemento para el tratamiento de distintas enfermedades. 


Dice la Dra. Odile Fernández en su libro: "Se puede evitar el riesgo de padecer cáncer de mama mediante el consumo de alimentos que regulen los niveles de estrógenos. Sin embargo, los médicos no solemos dar este tipo de información ni a las mujeres sin cáncer ni a las que ya lo padecen. Principalmente por falta de información. En las facultades de medicina se enseña mucha teoría,  muchos conocimientos de fisiología y muchos datos que olvidas tras el examen de turno, pero no nos enseñan medicina preventiva práctica. No nos enseñan que no basta con lo que cuenten en la facultad, que tenemos que investigar constantemente y estar al día de los últimos descubrimientos científicos. Los laboratorios farmacéuticos se encargan de enseñarnos las últimas novedades en cuanto a fármacos se refiere, pero nadie nos habla de como influye la alimentación o el ejercicio en el desarrollo y evolución de la enfermedad. Los médicos debemos tener más inquietudes científicas y pensar más en prevenir que en curar. La medicina preventiva debería ser la base del sistema sanitario y no intervenir para poner el parche una vez desarrollada la enfermedad".

Yo si creo que la alimentación es muy importante y que hay determinados alimentos que no solo aportan nutrientes sino que además tienen propiedades curativas y ayudan a mantener alejada a la enfermedad, igual que otros ayudan a que se desarrolle. Los antojos evidencian que nuestro cuerpo es un organismo que sabe exactamente lo que necesita en cada momento y donde conseguirlo. Es un organismo vivo que se esfuerza por estar sano, ¿no deberíamos ayudarle? 


Una de las cosas que me llamó mucho la atención cuando leí el libro de Odile Fernández fue como relataba que ella antes de que le diagnosticasen el cáncer que padecía se sentía mal, pero mal animicamente, es decir: mal humor, irritabilidad, cansancio... Ella como médico intuyó que algo iba mal en su cuerpo. Yo no soy médico por lo tanto no pude intuir que a mi cuerpo le ocurría nada extraño pero si sentí lo mismo. Justo antes de encontrar el bulto en mi pecho tuve una época en la que me sentía muy cansada, pero sobre todo muy triste sin que hubiese ningún motivo para ello. Lloraba mucho, me enfadaba con todo el mundo y cuando pensaba en cuál podía ser la causa de mi estado no encontraba razón alguna para estar así. Ahora, después de saber que ella también se sintió igual, me pregunto: ¿es capaz nuestro cuerpo de saber que algo no funciona bien e intenta ponernos en alerta?


Quizás nuestro cuerpo es mucho más sabio de lo que creemos y tal vez muchas de las respuestas que buscamos fuera él ya las conoce. Deberíamos escucharlo y tratarlo mejor.


Además del libro, Odile Fernández tiene un blog donde puedes seguir sus consejos, es este: 

http://www.misrecetasanticancer.com/


"Mis recetas anticáncer" 
Odile Fernández.
Ediciones Urano, S. A.
Barcelona 2013

"La enzima prodigiosa" 
Hiromi Shinya.
Ediciones Aguilar, 2013



martes, 3 de septiembre de 2013

Sobre plagios y otros extraños sucesos




Cada vez cuesta un poco más. La remontada, la vuelta a la normalidad desde el abismo al que te lleva el tratamiento es, poco a poco, más complicada. Un mucho de ti se queda por el camino, por lo que volver a recomponerte, a ser tú, se convierte, con cada nuevo intento en una tarea más ardua. 

Aunque todavía no estoy al cien por cien, una serie de extraños sucesos ocurridos en torno a mi blog me obligan a una vuelta adelantada. Tras una visitilla a mi añorado blog, me encuentro con un mensaje anónimo (¡un millón de gracias, anónimo!) que me comunica que alguien ha "plagiado" una entrada mía, en concreto esta: http://entretejiendoinstantes.blogspot.com.es/2012/08/piojoso-verano.html. Sigo el enlace que tan amablemente me han dejado (http://www.cosasqmepasan.com/2013/08/maternity-cxxi-historia-de-una-regresion.html) y que me lleva hasta la entrada de marras y leo. Vaya, pues se parece bastante a la que escribí hace un año, es más, diría que es mismamente un resumen de mi entrada. Ojeo los comentarios y veo que más personas opinan lo mismo que yo sobre la similitud de ambas entradas, a lo que la "autora" responde, más o menos, algo así como que las reacciones a los piojos son todas iguales y, por supuesto, que no conocía mi post.

Tiene toda la razón del mundo, las reacciones frente a los piojos son todas iguales, es decir, consisten básicamente en despiojar a tus churumbeles los más rápido posible, a no ser que seas un guarro de solemnidad o pertenezcas a una protectora piojil y lo que persigas es que se reproduzcan "ad ifinitum". Todos conocemos como se despioja a un niño, pero el proceso de como lo cuentas suele cambiar de uno a otro, como en otras muchas cosas, porque si todos contásemos las cosas igual, ¿que monótono, no? Así que no entiendo, para nada, el argumento que esgrime. 

En cuanto a que no conozca mi entrada, ¿quién soy yo para poner en duda su palabra? Aunque no voy a negar que el hecho de que su entrada parezca un resumen de la mía y que ambas tenga tantos puntos en común, no deja de ser bastante llamativo, incluso iría más allá y lo calificaría como asombroso. Dos entradas casi idénticas, escritas por personas distintas y que no se han puesto para nada de acuerdo. ¿Conexión cósmica? ¿Universos paralelos que en un determinada punto se unen? Hay muchas explicaciones posibles y no tienen que ser necesariamente la del plagio, porque, vamos a ver, si la ciencia admite que un gato puede estar vivo y muerto a la vez, ¿qué no será posible? 

En cualquier caso, como comenté en: "Kopismism. Copia y siembra", plagiar es un arma que se vuelve contra el que la utiliza, porque una vez descubierto el plagiador todo su trabajo comienza a mostrar un tufillo sospechoso. Cuando has cazado a alguien copiando no puedes evitar hacerte preguntas como: ¿lo haces normalmente?, o, ¿lo que escribes es tuyo, o es todo copiado? Por tanto, doy carpetazo al asunto. Cada uno allá con lo que haga, que ya somos mayorcitos para ser responsables de nuestros actos.

Sin embargo hay algo que me inquieta, que me ha pasado un momento por la mente, pero que es tan mezquino que no creo que sea posible. ¿Pudiese ser, que sabiendo de mi situación y que no voy a aparecer por el blog durante un tiempo, alguien fuese capaz de tomar "prestado" el contenido de este pensando que no iba a ser descubierto? Porque hay otro suceso turbador en torno a mi blog. La "autora" dice que no conocía la entrada de los piojos, hasta ahí, vale, admito pulpo como animal de compañía. Pero que no conozca mi blog me resulta bastante extraño, sobre todo teniendo en cuenta que yo durante un tiempo estuve comentando en el suyo. Incluso, lo tuve enlazado. Y todos lo que nos dedicamos a esto sabemos que es inevitable, por lo menos, "echar un vistazo" a los blogs que te visitan y saber quien es quien. ¿O es que soy la única que lo hace?

Acabo de leer de nuevo su entrada y, definitivamente, las diferencias son abismales, mientras mis piojos bailan cachito con cachito y pechito con pechito en la cabeza de mis niños, los suyos bailan: ¡¡¡Conga!!!

¿Similitudes? Un espejismo. 


martes, 6 de agosto de 2013

En modo Sidnéad O'Connor


Ya llegó el momento que tanto temía, el jueves comenzó a caerseme el pelo. "Dieciocho días después de la primera sesión, el pelo comenzará a caerse", me dijo el oncólogo y así ha sido, preciso como un reloj suizo. Esta exactitud me ha venido muy bien porque me ha dado tiempo de hacer varias cosas que tenía pendientes, por lo que estos últimos días mi vida ha sido una contrarreloj, tenía que hacerlo todo antes del fatídico día y dejar para el momento Sidnéad O'Connor solo lo imprescindible.

No es cuestión de coquetería, a mí el look Sidnéad O'Connor siempre me ha molado. Es otra cosa, esa manía mía de pasar cuanto más desapercibida mejor, de confundirme con el paisaje, si eso fuese posible, para que nadie se fijase en mí. Timidez, creo que la llaman. El caso es que pasearte con un pañuelo en la cabeza es todo, menos discreto. Todas las miradas van a ti, eres el centro de atención, en el super, en el restaurante, dando un paseo...Vayas donde vayas es inevitable, la gente te mira y hace conjeturas. 

Al principio te plantean la posibilidad de usar peluca. "Hay mucha gente que la lleva y no se nota (eso dicen, pero si se nota), te la pueden hacer incluso con tu corte de pelo y de pelo natural (que prefiero no saber de donde sale)", estos son algunos de los consejos que te van dando. Pero no sé porqué soy incapaz de ponerme una. Las veo artificiales. En la quimio ves desfilar de todo, pelucas de todas clases: unas se notan más, otras notan menos, pero todas se notan; y pañuelos de mil colores diferentes atados de distintas formas.

Está clara cuál es la diferencia entre llevar peluca o pañuelo. En la primera juegas con la idea de que tienes pelo e intentas dar una apariencia lo más normal posible, bastante hace la enfermedad con nosotras para encima ir por ahí dando una imagen deteriorada de ti misma, entiendo a quien piensa así y no estaría mal, si las pelucas no se notasen, pero se notan y creo que acaban consiguiendo el efecto contrario al que persiguen en un principio. El pañuelo, sin embargo, te dice todo lo contrario: aquí debajo no hay pelo y aún así soy capaz de verme bien. Las veo tan guapas con sus pañuelos, tan naturales, me transmiten la sensación de que hacen de la enfermedad algo corriente, algo que te puede suceder y por lo que tienes que luchar, pero que no hay que ocultar. 

Pese a nuestras diferencias, las que optamos por llevar peluca o pañuelo tenemos algo que nos une y es la incapacidad de pasear nuestra linda cabecita desnuda, sin pelos, sin pañuelos, tal cual. El otro día en la sesión de quimio bromeábamos sobre eso, con la que tenemos encima y lo que más nos preocupa a todas es cuando se nos cae el pelo y cuando nos vuelve a crecer, suele ser de las primeras preguntas que hacemos al oncólogo. No lo podemos evitar, cada una a nuestra manera, pero somos coquetas por naturaleza.   

Yo me he apuntado al club de las del pañuelo, es obvio porqué despiertan en mí mi adhesión más absoluta. Ya soy una experta en ponerme el pañuelo de mil formas distinta, me hago unos turbantes alucinantes y en casa adopto el "modo Sidnead O'connor", que se va super fresquita. Soy consciente de que llevar una peluca lo haría todo más cómodo, me evitaría las miradas compasivas, las miradas censuradoras (me he dado cuenta de que hay un determinado tipo de gente que piensa que donde mejor estamos los enfermos es en casa y no paseando nuestras miserias por cualquier lado, parece ser que resultamos incómodos), las miradas curiosas, incluso a la gente conocida que te ve y da un respingo para cambiar de dirección. Aún así prefiero el pañuelo, creo que no hay nada que me haga renunciar de este club.






Hace un día que me dieron mi segunda sesión de quimio, los que lo hayáis pasado sabéis lo que esto quiere decir, eres pura náusea ambulante y la lucidez brilla por su ausencia, aún así necesitaba escribir. Espero, por tanto, que perdonéis y comprendáis los fallos y las incoherencias que encontréis.


domingo, 23 de junio de 2013

Presagios



Cuando comencé a escribir este blog nunca imaginé que tendría que publicar una entrada como esta, y es que hay instantes que es mejor no tener que entretejer. Desde hace más de un mes deambulo por inhóspitos parajes, lugares pantanosos donde predomina el resbaladizo y poco firme terreno de la incertidumbre, donde esperanza y futuro se entremezclan en uno y se vislumbran lejanos, difusos y, a veces, evanescentes.

Hablaba en Pura coincidencia, una entrada anterior, de algunas de las "casualidades" más impactantes que me habían ocurrido, aunque hubo una que no mencioné, quizá la más importante que me ha sucedido hasta el momento, y sobre la que gira mi vida actualmente. Lo hice adrede, no estaba preparada para hablar sobre ella en aquél instante. Ahora sí me encuentro con fuerzas y ganas de contar y compartir mi nuevo día a diá.

En la entrada sobre "La ridícula idea de no volver a verte" comentaba que cuando abrí el libro me dije: "Este no es el momento, ahora no puedo leer esto". No aclaré en aquella entrada que acababa de encontrarme un bulto en el pecho y en aquellos momentos de conjeturas, cábalas y pánico comenzar a leer un libro que habla sobre el dolor de la ausencia, el duelo de la muerte e incluso la misma muerte por cáncer no parecía lo más apropiado. Sin embargo, como dije, no fui capaz de dejar de leerlo y ahora, visto desde donde estoy, creo que fue lo mejor que pude hacer. En aquél momento de desconcierto en el que todo gira en el aire, en el que no te atreves a poner nombre a nada, en el que niegas todo porque crees que esas cosas solo le suceden a los otros, él (el libro) contestó aquellas preguntas que yo no era capaz ni de hacerme, me hizo que cogiese el toro por los cuernos, como se dice y me dio la fuerza necesaria para afrontar todo lo que vino detrás. Terminé de leerlo cuando me encontraba en la sala de espera para hacerme una mamografía. Entré y cogí un folleto informativo que decía así: "¿Es la primera vez que te realizas una mamografía? Debes saber que la mamografía es una prueba radiológica...". Después de leer aquel folleto cogí el libro mientras esperaba mi turno, para continuar leyendo como Madame Curie finalmente, murió victima de un cáncer, producto de toda la radiación a la que estuvo expuesta durante su trabajo. Cuando acabé el libro y lo cerré un solo pensamiento me vino a la cabeza: ¡Gracias! Gracias a Madame Curie porque su gran trabajo ha servido, entre otras muchas cosas, para que todas las mujeres que estábamos aquella mañana en aquella enorme sala de espera y otras que ni conozco, ni sabré jamás de su existencia tengamos un atisbo de esperanza al que poder agarrarnos. Gracias, también, a Rosa Montero por escribir un libro tan valiente que ha sido un apoyo inestimable en estos instantes tan inciertos y brumosos y finalmente gracias a ese algo, al que no sé ponerle nombre, pero que es el gran hacedor de estos mágicos momentos y estas, para nada, coincidentes casualidades. Entré a hacerme la mamografía justo cuando terminé de leer el libro. Supe entonces que aquél libro estaba y estaría irremediablemente ligado a esta parte de mi vida.





Ahora me encuentro recuperándome de una operación y adaptándome a mi nueva realidad en la que la incertidumbre todavía planea y en la que las salas de espera son mi nuevo día a día. En ellas estamos muchas nosotras mirando cara a cara a ese futuro incierto y contándonos nuestras historias, intentando campear el temporal con el mejor humor que podemos y despidiéndonos con un "suerte" que nos sale del alma y nos llega también a ella. Somos cómplices en una batalla que queremos ganar y en la que solo nosotras sabemos, sin contarnos, cuales son los monstruos que nos atenazan y con los que debemos luchar día a día. 

Desde esta nueva realidad intentaré seguir asomándome por estos lares, aunque no sé con que asiduidad podré hacerlo, porque ahora estoy muy ocupada en sacarle el máximo jugo a cada momento que asoma por delante de mis narices.


viernes, 31 de mayo de 2013

31 de mayo, un día sin malos humos.



Viernes, 31 de mayo, ¿algo qué celebrar? Pues sí, aparte de que es viernes y que ya asoma su patita por debajo de la puerta mi querido y siempre añorado "finde", hoy se celebra el Día Mundial sin Tabaco. Ese día que año tras año tanto he odiado y que cada vez que oía pensaba: "ya están de nuevo los talibanes antitabaco dándonos la murga". Este año, sin embargo, es distinto, porque me he apuntado a la liguilla de los talibanes antitabaco, eso sí, aunque me he cambiado de bando prometo no ser una quisquillosa del fumeteo.


La verdad es que llevo muy poco tiempo siendo una ex-fumadora (que bien suena), apenas tres semanas, pero me han parecido siglos, si eres de los que sientes que el tiempo se te escurre de entre las manos como minúsculos granos de arena, deja de fumar, ya verás como se convierte en una pesada losa que no hay manera de mover. Sí, es duro, pero el resultado merece la pena, y no lo digo por lo que ganas en salud o por el dinero que te ahorras (que por supuesto, está genial), es sobre todo por lo orgullosa que te sientes por haber sido capaz de superar la adicción al tabaco. Yo fumaba una cajetilla al día y comencé a fumar sobre los catorce años, claro que cuando comencé a fumar no me fumaba un paquete en un día, pero desde aquél momento no ha habido un solo día en el que no haya encendido más de un cigarro al día. Teniendo en cuenta la línea del tiempo y la cantidad de tabaco, es mucho, demasiado. Y además era una fumadora convencida, lo hacía porque quería, porque me gustaba, porque me relajaba. No quería dejar de fumar. Que me gastaba un ojo de la cara en tabaco, pues cambiaba de marca a otro más económico. Ni tan siquiera cuando estaba enferma pensaba en dejarlo, ni cuando mis hijos me decían que porqué no lo dejaba pensaba en dejarlo. Entonces, ¿porqué lo he hecho? Porque creo que en el fondo sí que quería dejarlo, pero me podía el miedo. Ese miedo que tenemos todos los fumadores a enfrentarnos a una vida sin tabaco, a ese vacío que vislumbramos si no tenemos un cigarro que nos acompañe en nuestro día a día. Cuando alguien me comentaba que había dejado el tabaco, yo me sentía incapaz de hacerlo, la sola idea de dejarlo era como asomarme a un abismo sin fondo.

El empujón vino a raíz de cambiar de los cigarrillos al tabaco de liar. Primero, porque no me gustaba nada, el tabaco de liar es sumamente asqueroso; segundo, porque con este tienes menos mono que con los cigarrillos de cajetilla normal; y tercero, porque, aunque parezca ridículo, el tabaco de liar me hizo aborrecer el tabaco normal, los cigarros de siempre. No sé lo que fue, puede que el olor, pero de repente la sola idea de volver a fumar tabaco normal me daba arcadas, a la vez que el tabaco de liar tampoco me convencía, me encontré de pronto en tierra de nadie, con ganas de fumar pero sin apetecerme fumar nada en concreto. Así que me dije: "esta es la tuya, aprovecha antes de que te vuelvas a enganchar a algo asqueroso, o ahora o nunca" Y aquí estoy, me ha costado pero lo he superado y aunque las ganas de fumar siguen apareciendo, tengo muy claro que no voy a volver a ponerme un cigarro en la boca. Nunca había estado tan segura de algo y esa seguridad, de la que me siento muy orgullosa, es a la vez, la que me da fuerza para seguir en mis trece. 

Todavía siento ansiedad, pero cada vez es menor, y me da igual tenerla porque tengo muy asumido que no voy a volver a fumar. Me gusta como es mi vida ahora. Te dicen que cuando dejas de fumar vuelves a saborear los alimentos mejor, dejas de toser por las mañanas, no te cansas tanto...a mí no me ha sucedido nada de eso: los alimentos me saben igual, no toso por las mañanas porque antes tampoco tosía al levantarme y me sigo cansando lo mismo. Sin embargo, hay algo que ha cambiado y mucho, y es que mi vida es mía. No era consciente de esto hasta que lo he dejado: ya no me levanto por las mañanas pensando en fumar el primero del día, estoy relajada comiendo, sin prisas por acabar para poder echarme un cigarrillo, no estoy pendiente de tener que ir a comprar para no quedarme sin tabaco y cuando salgo a tomar el aire, es a eso, sencillamente a tomar el aire, sin más. Además, algo sorprendente, soy capaz de divertirme por mí misma, sin la compañía del tabaco, de concentrarme sin tener que encenderme uno, de superar un disgusto sin fumar, me pongo nerviosa y me puedo relajar yo sólita, no necesito el tabaco en mi vida. Pero lo que más me ha impresionado es el olor, ha desaparecido ese horrible olor que me acompañaba y me envolvía toda entera, tanto a mí como a mi casa. Acababas de salir de la ducha te encendías uno y ya olías a tabaco, te acababas de perfumar y te ponías a fumar y el olor que te acompañaba era el del tabaco. Definitivamente, las ventajas son muchas como para volver a caer de nuevo. Lo único que siento, estando ahora donde estoy, es no haberlo intentado antes, no es tan difícil como creía, basta con estar segura de lo que quieres hacer y lo puedes conseguir.

Se me olvidaba, los 31 de mayo, también tengo otra celebración muy especial...¡mi cumple! Cuarenta y seis tacos, muy bien puestos, uno detrás de otro, si no me he equivocado, que creo, que no. La cifra da hasta vértigo, pero que bien que me sientan (y es que una no necesita abuela), y no me refiero al físico (que también), me refiero a otras cosas: a esa seguridad que da la edad, ese "savoir-faire"que te hace disfrutar de la vida de otra forma, esa experiencia que viene con los años que hace que te sientas muy bien contigo misma, que te conozcas y además te gustes. Apagaré mis velas y pediré un deseo, que este año tengo muy claro. Y os aseguro que el humo de las velas será el único que me acompañe hoy.